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«Nuevo orden mundial»: ¿quién gana y quién pierde?

Qué está en juego cuando se habla de un “nuevo orden mundial”

Hablar de un nuevo orden mundial va mucho más allá de un simple recurso retórico: alude a variaciones en quién toma las decisiones, en la distribución del poder y en las normas que orientan la economía, la seguridad, la tecnología y la vida diaria. Estos cambios se desarrollan de forma paralela en los ámbitos geopolítico, económico, tecnológico, ambiental y social. Lo que se disputa repercute en gobiernos, empresas, organismos internacionales y en la ciudadanía en general.

Raíces y contexto histórico

Desde 1945, el orden internacional quedó definido por instituciones multilaterales (ONU, FMI, Banco Mundial, OMC) y por el peso dominante de ciertos actores. Las crisis económicas (como la crisis financiera de 2008), las pandemias (COVID‑19) y los conflictos más recientes (entre ellos, la guerra en Ucrania iniciada en 2022) han revelado múltiples vulnerabilidades: fragilidad en las cadenas de suministro, dependencia tecnológica, límites en la cooperación internacional y un renovado impulso hacia políticas de corte nacional. Ese panorama ayuda a comprender por qué resurge la discusión sobre un posible reordenamiento global.

Actores y alianzas que transforman las normas

  • Estados poderosos: Estados Unidos, China, Rusia, miembros de la Unión Europea y potencias regionales compiten por influencia.
  • Bloques y alianzas: La ampliación y activismo de BRICS, la centralidad de la Unión Europea, la cooperación estratégica dentro de ASEAN y las alianzas de seguridad multilaterales reconfiguran el mapa.
  • Instituciones alternativas: Iniciativas como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y la extensión del BRICS buscan ofrecer marcos distintos al tradicional sistema occidental.
  • Empresas tecnológicas y financieras: Grandes plataformas digitales, fondos de inversión y corporaciones globales moldean normas de datos, mercado y comportamiento ciudadano.
  • Sociedad civil y movimientos sociales: Demandas por justicia climática, derechos digitales y transparencia presionan por reglas diferentes.

Dimensiones clave en disputa

  • Economía y finanzas: Qué divisa lidera los pagos globales, quién administra infraestructuras esenciales como puertos o corredores digitales y de qué manera se supervisa el comercio. Ejemplos: la exclusión de bancos rusos de sistemas de pago tras 2022 y los debates sobre monedas digitales emitidas por bancos centrales.
  • Tecnología y datos: El dominio sobre semiconductores, redes 5G/6G, inteligencia artificial y la gestión de datos personales. Las limitaciones a la exportación de chips entre 2020 y 2023, junto con los proyectos de moneda digital china, confirman que la tecnología se ha convertido en un espacio decisivo.
  • Seguridad y soberanía: Surgen mecanismos renovados de presión, como sanciones económicas, guerra híbrida, ciberataques y tensiones sobre infraestructuras clave. La guerra en Ucrania revela sanciones de gran escala y peligros de escalada.
  • Medio ambiente y recursos: La transición energética, la pugna por minerales críticos para baterías y el financiamiento climático están reconfigurando prioridades tanto estatales como empresariales.
  • Normas y gobernanza global: Quién fija los estándares en ámbitos como ciberseguridad, protección de datos, trabajo o medio ambiente, y cómo se hacen cumplir; la legitimidad de las instituciones tradicionales se encuentra en disputa.

Casos ilustrativos

  • BRICS y alternativas institucionales: La invitación a nuevos miembros en 2023 y la promoción de bancos e inversiones propias muestran una búsqueda de contrapeso al liderazgo tradicional.
  • Belt and Road y diplomacia de infraestructura: Proyectos de China en infraestructura regional crean dependencias económicas y nuevas redes de influencia.
  • COVID‑19 y las cadenas de suministro: La pandemia provocó escasez de insumos médicos, disrupciones industriales y una revisión de la resiliencia productiva en sectores estratégicos.
  • Restricciones tecnológicas y seguridad: Controles sobre exportaciones de chips y medidas para proteger la manufactura avanzada demuestran cómo la tecnología se convierte en herramienta de política exterior.

Riesgos y oportunidades

  • Riesgos: Fragmentación del sistema internacional, escalada de confrontaciones, incremento de costos comerciales, erosión de derechos civiles por medidas de seguridad, mayor desigualdad y vulnerabilidad climática en países pobres.
  • Oportunidades: Renovación de instituciones para mayor inclusión, cooperación en salud y clima, diversificación de cadenas de valor, impulso a normas digitales y financieras más democráticas.

De qué manera influye en gobiernos, compañías y la ciudadanía

  • Gobiernos: Necesidad de estrategias que combinan defensa de soberanía, diplomacia económica y reformas internas para competir en innovación y atraer inversión.
  • Empresas: Adaptación de cadenas de suministro, cumplimiento de múltiples estándares regulatorios y gestión de riesgos geopolíticos (sanciones, cierres de mercado).
  • Ciudadanos: Cambios en empleo por reconfiguración industrial, mayores exigencias de alfabetización digital, y exposición a manipulación informativa pero también más herramientas de movilización social.

Indicadores que convendrá monitorear en los años venideros

  • Reformas en instituciones financieras globales y movimientos de reserva fuera del dólar.
  • Acuerdos regionales de comercio y seguridad que sustituyan o complementen marcos multilaterales existentes.
  • Normas globales para la inteligencia artificial, protección de datos y ciberseguridad.
  • Inversiones estratégicas en materiales críticos, semiconductores y energías renovables.
  • Intensificación de la diplomacia tecnológica y económica a la par de la competencia militar convencional y cibernética.

Qué puede hacerse: respuestas prácticas

  • Impulsar la cooperación multilateral: Transformar el FMI, el Banco Mundial y la OMC para que logren una representación más amplia y reaccionen con mayor eficacia ante crisis que trascienden fronteras.
  • Establecer marcos de gobernanza tecnológica: Crear estándares internacionales sobre IA, sistemas algorítmicos, resguardo de datos y comercio digital.
  • Ampliar y diversificar las cadenas de valor: Fomentar acciones públicas y privadas que disminuyan la dependencia concentrada en un único proveedor o corredor logístico.
  • Destinar recursos a la resiliencia climática y social: Impulsar financiamiento para la adaptación, la transición energética equitativa y la formación de la fuerza laboral.
  • Fomentar la alfabetización mediática y los derechos digitales: Implementar iniciativas educativas y normativas que resguarden el diálogo público y la protección de la privacidad.

La expresión «nuevo orden mundial» condensa una tensión entre ruptura y colaboración, pues las decisiones actuales —quién participa, qué normas prevalecen y de qué manera se administran los recursos— marcarán la estabilidad económica, la seguridad común y las libertades individuales. Las dinámicas políticas, la adaptación a la tecnología y la disposición a transformar instituciones influirán en si los cambios impulsan formas de gobernanza más justas o si acentúan disputas y marginaciones. En última instancia, la pregunta central no se limita a quién amplía su influencia, sino a qué reglas y principios quedarán asentados para las próximas generaciones.

Por Otilia Adame Luevano

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